jueves, 3 de septiembre de 2009

La Iglesia Cristiana en la Alta Edad Media.

La iglesia romana se independizó de Oriente en el siglo VIII, gracias a que logró la protección de los reyes francos, para convertirse en religión oficial del Sacro Imperio Romano.
El desarrollo de la cristiandad siguió caminos diversos en Oriente y Occidente: la iglesia romana (Iglesia de Occidente), desligada del Imperio, que había sucumbido en Occidente, y de la ciudad de Roma, se transformó en una religión misionera que, para el año 1000, había convertido a los celtas, los francos y los germanos, dejando así el catolicismo de ser una religión mediterránea, para convertirse en una religión europea. Contrariamente, la cristiandad griega se encerró, cada vez más, en sí misma y a pesar de su obra misionera y monástica, en Europa central y los Balcanes, fué sobre todo religión de la corte y de la ciudad imperial, por el gran poder de atracción que la cultura y riqueza de Bizancio ejerció hasta el fin del milenio y después.
A partir de Justiniano (527-565), la iglesia oriental persiguió a los disidentes (judíos, paganos, heterodoxos), llegando hasta a clausurar la enseñanza universitaria, por estar en manos paganas: en el 529 es abolida la Academia de Atenas, fundada por Platón en el siglo IV a.C.; Justiniano sujetó la iglesia al Estado y se adjudicó el derecho de proponer las autoridades eclesiásticas, así como de removerlas; emitía decretos en asuntos religiosos como si fuera un pontífice máximo (su lema, parecido al de Adolfo Hitler en nuestro siglo, fue "Un imperio, una ley, una Iglesia"). Con todo la hegemonía imperial en asuntos eclesiásticos no era absoluta, porque la opinión pública religiosa era muy fuerte en Oriente, y la autoridad imperial arriesgaba decidida oposición si se inclinaba a favor de facciones que no tuvieran amplio respaldo de opinión pública.
En Oriente, lo mismo que en Occidente, conforme decayó el Imperio, los obispos asumieron las funciones públicas y sustituyeron a la autoridad civil en ciudades y municipios, logrando, por la intercomunión de las iglesias, un funcionamiento internacional de la vida ciudadana; en Oriente los obispos se convirtieron en señores feudales, en el campo, y en exactores de gabelas (sobre la propiedad urbana y sobre el ingreso de mercancías), en las ciudades. A la vez se encargaron de la mayor parte de los servicios públicos (caminos, puentes, servicios comunales); la ventaja del obispo sobre el burócrata imperial fue su mayor honestidad y su permanencia, prácticamente vitalicia, al servicio de la comunidad. En el primer milenio la iglesia oriental estuvo desgarrada por contiendas religiosas, siendo las principales la de monofisitas y calcedonios, si en Cristo hay dos o una sola naturaleza y posteriormente la iconoclasta, si es pecado rendir culto a las imágenes. Todo con consecuencias políticas, pues desde Contantino V (+775) los herejes fueron considerados rebeldes, enemigos del Estado, por cuanto los emperadores. desde León III (+741), se consideraron "sacerdotes y reyes".
En Occidente el ritmo del desarrollo fue otro: Para todo fin práctico, Bizancio se desentendió del Imperio Romano de Occidente, en el cual no se nombraba emperador desde el 478; el obispo de Roma, un duque, dentro de la organización imperial, dejó de pagar tributo a Bizancio desde el 729, sin consecuencias.
A partir del siglo VII, con el ascenso del Islam, Bizancio perdió muchas de sus posesiones, quedando reducida a los Balcanes, los alrededores del mar Caspio y Anatolia; de los patriarcados de la cristiandad quedaron sólo dos, Roma y Bizancio, y las cristiandades de Jerusalén, Alejandría y Antioquía se convirtieron al Islam; el Mediterráneo fue un mar musulmán lo mismo que la mayor parte de sus costas, el norte de Africa, la península española, las de Asia Menor y las islas; con este poderoso contendiente Bizancio empezó a declinar, hasta caer abatido en 1453.
Algo semejante sucedió con la cristiandad occidental, que sufrió la infiltración de los pueblos bárbaros, invasiones que fueron más de carácter económico que militar, y -desde el punto de vista religioso- de dos clases, unas de pueblos paganos, que generalmente se convirtieron al cristianismo romano antes del 1000, y otras de pueblos cristianos, de la herejía arriana (la cual profesa que el Verbo no es consubstancial al Padre desde toda la eternidad), principalmente vándalos, con los que fue mucho más difícil convivir pacíficamente, pues perseguían a los católicos romanos fieramente, sobre todo en España, provincia que ocuparon y gobernaron hasta que los árabes la conquistaron en el 711. El papado se independizó de Bizancio, apoyándose en los reyes francos (Pepino el Breve y Carlomagno), a los que pidió intervinieran en Italia para liberarla de los godos arrianos (longobardos o lombardos), vencidos los cuales Carlomagno se declaró rey de Lombardía y luego fue coronado por el Papa como Emperador del Sacro Imperio Romano; a su vez la Iglesia romana recibió del emperador, en donación, la Italia central (Estados Pontificios), asiento feudal sobre el que estableció su independencia como señor secular.
Los últimos quinientos años del milenio, fueron la hora de Irlanda (única sociedad cristiana que nunca recurrió a la violencia, por lo que no hay mártires irlandeses) y de Inglaterra occidental; cunas de la cultura occidental medioeval gracias a sus órdenes monásticas, cuyo espíritu misionero educó y evangelizó a los pueblos francos y germanos, y fundó los principales monasterios de Francia, Alemania e Italia del Norte, que fueron focos de cultura, tanto intelectual como tecnológica, hasta la reforma protestante.
La organización eclesiástica occidental, con ligeros retoques posteriores, estaba completa, en sus rasgos esenciales, aunque no siempre vigentes de hecho, antes del 1000: obispado monárquico, preeminencia del obispo de Roma, funcionarios eclesiásticos de dedicación exclusiva y célibes, inmensas órdenes monásticas donde se curaba la formación intelectual de las clases altas, se investigaba y aplicaba la tecnología, reposaba el saber acumulado; todo dentro de una Iglesia monolítica, dueña y señora absoluta, en lo secular y en lo espiritual. En frente de ella un estado desmenuzado en pequeños principados, en continua lucha unos con otros, sin cohesión ni coherencia política. Europa y cristiandad eran una y la misma cosa hasta que el poder civil logró reagruparse y formar, lentamente, los estados nacionales, que fueron los protagonistas en las centurias siguientes.
Esta preeminencia eclesiástica, en Europa occidental, se dió gracias a que los pueblos bárbaros eran analfabetas, en tanto que la iglesia poseía escribas y gentes educadas, capaces de leer y escribir; los bárbaros fueron conquistados por la utilidad de esta tecnología y emplearon a la clerecía para que pusiera por escrito sus tradiciones, sus leyes, su cultura, lo que los clérigos aprovecharon para cristianizarlas. Además de leer y escribir, los obispos y monjes cristianos, poseían capacidades administrativas y una tecnología agrícola superior, por lo que eran más productivos, además, conforme los reyes bárbaros pasaban al cristianismo romano, le otorgaban a la iglesia propiedad plena sobre la tierra (algo que la ley bárbara no contemplaba) y exenciones fiscales, mediante leyes especiales privadas (privilegia); los señores bárbaros, como había sucedido con los romanos, comenzaron a traspasar sus tierras a la iglesia (que ésta adquiría en propiedad plena), a cambio de convenios que les permitieran usarlas en mejores condiciones que al amparo de sus propias leyes. La iglesia acumuló así tierras a más no poder, llegando a ser el principal latifundista, y las explotó con una tecnología avanzada: El desmonte y la colonización agrícola que se llevó a cabo en Europa central bajo la guía de los conventos y los obispos es una hazaña, realizada durante un milenio, que puso la infraestructura de la cultura europea[1].
Otro tanto sucedió en lo intelectual: la iglesia nunca tuvo ascendencia, en el mundo pagano, sobre los centros de educación, que quedaron en manos de paganos; pero con la infiltración y las invasiones bárbaras, el sistema educativo, que era estatal, desapareció y la iglesia llenó el vacío consiguiente, por medio de los conventos y las escuelas catedralicias, logrando un monopolio total de la cultura, indiscutido, hasta bien entrado el siglo XVII. No sucedió lo mismo en Oriente, donde la educación estuvo siempre en manos del Imperio, por lo que la iglesia oriental nunca logró un dominio o monopolio cultural y consiguientemente el monasticismo oriental no alcanzó la preponderancia intelelectual que tendría en Europa occidental.
En Occidente la clerecía estuvo, desde el siglo V, integrada por las élites, en tanto que en Oriente éstas se incorporaron al servicio civil, por lo que la iglesia oriental, contrariamente a la occidental, fue sirviente y no señora del poder político.
A partir del siglo IX, las invasiones vikingas trastrocaron todo en Occidente que viose obligado a enfrentar este peligro, mediante las organizaciones caballerescas, que brindaron protección a cambio de tierras y señorío feudal: nació así el feudalismo, a expensas de los obispados y los monasterios; al finalizar el milenio la tónica era feudal, sin embargo estos señores eran zafios e iletrados y ya en el siglo XII la iglesia recuperó su predominio y la sociedad europea comenzó a superar el feudalismo para constituir naciones (inicialmente ciudades-estado), produciéndose así un resurgimiento, que se dio tan tarde a causa, en gran parte, del tradicionamismo y falta de creatividad intelectual de la iglesia, hecha como estaba a conservar y resguardar el saber antiguo, pero sin agregar nada nuevo, llegando, cuando mucho, al enciclopedismo de un Isidoro de Sevilla; tradicionalismo que encontró notable excepción en el poderoso movimiento intelectual, característico de la Edad medio y del cristianismo occidental: la escolástica.

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